Reseña de “El diablo viste a la moda”
Reseña de “El Diablo Viste a la Moda”: Más que tacones y pasarela
Cuando en 2006 se estrenó El Diablo Viste a la Moda, muchos pensaron que sería otra comedia ligera sobre mujeres en la gran ciudad con un vestuario envidiable. Sin embargo, casi dos décadas después, la película no solo se mantiene vigente, sino que se ha convertido en una pieza clave dentro de la conversación sobre la industria de la moda. Desde una mirada crítica, esta cinta dirigida por David Frankel y basada en la novela de Lauren Weisberger, ofrece mucho más que una sucesión de outfits deslumbrantes: es una radiografía, estilizada y afilada, del poder, el sacrificio y las contradicciones del universo fashion.
La historia sigue a Andrea Sachs (Anne Hathaway), una joven periodista que entra a trabajar como asistente personal de Miranda Priestly (Meryl Streep), la temida y respetada editora en jefe de Runway, una revista ficticia que, para quienes conocemos el medio, no es otra cosa que un reflejo nítido de Vogue. A través de su evolución –o transformación, dependiendo del punto de vista– Andrea se enfrenta a dilemas éticos, personales y profesionales que ponen en tensión su identidad frente a la maquinaria de la moda.
Lo que hace potente a El Diablo Viste a la Moda es que no cae en el cliché de despreciar el mundo estético y superficial que retrata. Al contrario, lo humaniza y complejiza. Miranda Priestly, interpretada de forma magistral por Streep, no es simplemente una jefa tirana: es una figura de autoridad que representa la exigencia extrema de una industria dominada por estándares de perfección inalcanzables y un ritmo que no perdona. Su monólogo sobre el suéter azul cerúleo es, hasta el día de hoy, una de las mejores explicaciones del sistema de tendencias y consumo que rige gran parte de lo que usamos, aunque no lo sepamos.
Desde la perspectiva de alguien que ha pisado redacciones y backstage de semanas de la moda, la película acierta en mostrar cómo el glamour que se ve en las portadas esconde jornadas maratónicas, decisiones estratégicas y un juego de poder donde la imagen lo es todo. Pero también hay que decirlo: El Diablo Viste a la Moda perpetúa ciertos mitos, como la idea de que para triunfar en la moda hay que sacrificar la vida personal, o que ser competente es sinónimo de insensibilidad emocional. Si bien muchas de esas tensiones son reales, también es cierto que hoy, más que nunca, nuevas generaciones de profesionales están cuestionando estos modelos tóxicos de éxito.
En definitiva, El Diablo Viste a la Moda es una película que debe leerse más allá de su apariencia de “fashion film”. Es un texto cultural que pone en tela de juicio nuestras ideas sobre el trabajo, el poder femenino, la ambición y la autenticidad en una industria donde lo que brilla puede, también, quemar. Como periodista de moda, la sigo recomendando no por nostalgia, sino porque sigue siendo una herramienta poderosa para abrir conversación sobre lo que esta industria nos exige y nos permite ser.
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